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En las entradas anteriores he mostrado lo que considero que son las instrucciones más importantes en el viaje de la meditación. Las he dividido entre grandes y pequeñas por mi propia experiencia personal, aunque lo cierto es que no hay tal distinción entre unas y otras.

 

Image courtesy of Simon Howden / FreeDigitalPhotos.net

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Por suerte, esto no es como la física, en la que parece haber dos paradigmas aislados. En la ciencia tenemos las leyes de la física tradicional newtoniana, que nos explica las cosas a gran escala, gracias a las que comprendemos mucho mejor nuestro mundo y el universo en si mismo. Por otro lado están las explicaciones de la física cuántica moderna, que nos ha abierto el mundo de los átomos y la forma en que la materia está construida. Sin embargo, parece que no hay todavía una teoría integradora entre ambas y los científicos tienen que (por decirlo gráficamente) cambiarse de gafas en función de lo que vayan a estudiar.

 

Con la meditación, en las entradas anteriores, hablaba de la observación y la actitud no enjuiciadora para tratar el día a día del cojín, como si fueran las reglas para el nivel “micro”, y del comportamiento correcto y la sabiduría como las normas macro que nos ayudan para integrar la meditación en nuestra vida.

 

 

Lo bueno, como decía, es que no son normas opuestas y existe una manera fácil de integrar ambas para dar sentido a la práctica durante todo el viaje. De la misma forma que cuando nos sentamos en cojín debemos observar con ecuanimidad cualquier emoción, pensamiento o sensación que aparece, de la misma forma debemos atender nuestras actuaciones en la vida y la sabiduría que vamos adquiriendo.

 

Observa, por ejemplo, las acciones que realizas de manera cotidiana. Puedes considerar que ya actúas de manera correcta, que ya eres una “buena persona”, pero quizá descubras un día que cuando tu pareja o tu colega de trabajo te piden algo, surge una resistencia, una oposición. Obsérvala. ¿Cómo se expresa? ¿Notas la emoción asociada? ¿Es una reacción automática que se mantiene por la inercia del pasado, o existe algo en la actualidad que lo mantiene? Normalmente, si la conducta se produce es porque algo que la originó en su momento sigue en ti, aunque sea leve o inconsciente. ¿A que motivación obedece? Muchas veces nos resistimos a cosas por nuestro propio beneficio, aunque ese beneficio sea ilusorio, como evitar el riesgo de la incertidumbre o postergar una decisión dolorosa. Otras veces esas conductas están sostenidas por un deseo de apego que nos impide soltar. Queremos, muchas veces inconscientemente acaparar más cosas, o más atenciones, o más éxitos, sin querer dejar ninguna cosa atrás.

 

La observación ecuánime nos va a ayudar a ver estas motivaciones de manera más clara, si no en el mismo momento, en el momento de la práctica formal; y a través de la observación ecuánime incrementaremos nuestra sabiduría sobre lo que es ser una mejor persona que después podremos poner en práctica.

 

Muchas de las motivaciones que nos mueven a diario tienen un origen sutil y evanescente, y con reiterada frecuencia su base es un egoísmo o un miedo esencial del que no nos damos cuenta. Un ejemplo de esa sutileza es el trabajador que después de años esforzándose es ascendido a jefe y, por ese miedo a soltar que mencionábamos antes, sigue controlando al detalle las tareas que ahora deberían hacer sus subordinados. Entonces les pide mil informes, avances, documentos, y como sus subordinados no son él, no lo hacen exactamente como lo hacía él y se frustra y pide mil cambios. La incapacidad de soltar le impide delegar adecuadamente y genera frustración y sufrimiento para él y para su equipo. Para llegar a esta conclusión, ese jefe debe observar sin juzgarse a sí mismo ni a sus empleados, y descubrir el origen de ese comportamiento. Una vez que ha adquirido sabiduría sobre su conducta, puede esforzarse por generar una conducta alternativa más beneficiosa, sin tanto sufrimiento. Esto es, en el fondo, meditar para obtener conocimiento y aplicarlo para un modo de vida correcto.

 

Quizá lo que le impide soltar sea su propia imagen social, normalmente plagada de errores: “me ascendieron porque yo lo hacía bien, y ahora que soy el responsable tengo que mantener esa calidad; y si eso no sale no me van a tener en cuenta los otros jefes, y si no me tienen en cuenta me pueden despedir…”. En cada uno de estos miedos hay errores cognitivos básicos que se sostienen en pensamientos tan interiorizados que no afloran a la conciencia. Cuando los vemos cara a cara, con una actitud de curiosidad, aceptación, afecto y de apertura, resulta mucho más fácil tratar con ellos.

 

¿Habéis probado a encender una cerilla y sostenerla en vertical? Al final, si no le acercáis otro combustible ni la giráis para que se queme a sí misma, lo más probable es que la cerilla se apague por sí sola. Con los miedos y los deseos pasa algo parecido. Si no le aportáis pensamientos y os mantenéis firmes para que no os consuman, se terminan disolviendo en la meditación.

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