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En mi anterior entrada hablaba de la cultura de la motivación frente a la cultura de la voluntad. Básicamente, la herramienta que se usa hoy día para lograr que hagamos cosas es el deseo: en el terreno del comercio nos generan deseos que queremos satisfacer comprando unos productos o servicios. En el terreno educativo / empresarial se intenta buscar lo que al alumno/empleado le gusta para que sea más productivo. Incluso en el terreno político se utilizan las emociones, con el miedo como reclamo: “si no votas a este vendrá el otro a hacer el mal/deshacer el bien

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La voluntad, es decir, el hacer las cosas por un deber (auto)impuesto ha desaparecido prácticamente del día a día.

No obstante, esto no significa que la vuelta a la voluntad sea la panacea. En el pasado, es cierto que se aplicaba más la voluntad para realizar las cosas, y había una pátina general de “responsabilidad” que parece que hoy no importa demasiado, pero eso no significa que hayamos empeorado. Desde mi punto de vista es un simple cambio de péndulo, que volverá a cambiar.

El exceso de motivación es perjudicial porque lleva a decisiones impulsivas e irracionales. hoy cambiamos de tarea en función de lo que nos interesa, y nos hemos embarcado en una carrera desenfrenada por captar una atención cada vez más menguante. Los impulsos se reducen; de una novela a un cuento, del cuento al tuit. Del blog de wordpress al microblogging de tumblr. Las películas no pueden tener diálogos o contenidos elaborados porque la gente se aburre, así que hay que aderezar sabiamente la acción con fogonazos de profundidad. El síntoma de la impulsividad es la multitarea.

El entrenamiento en la atención es el contrapunto de esta tendencia, pero no es la solución mágica. De hecho, a principios del siglo XX se vivía en base a la  voluntad y al control de los impulsos y esto generó sus propios demonios.

La vida responsable lleva a una excesiva represión mental y emocional. Inflexibilidad y rigidez que se escapan por las fisuras de nuestras neurosis diarias. Cualquier cosa que amenace la rigidez de los hábitos adquiridos o de las normas morales establecidas se combate con dureza, y eso genera más tensión. Al final, como los emperadores romanos del declive, uno termina viendo amenazas a tu propia estabilidad por todas partes; y cuanto más férreo se trata de controlar, más se pierde ese control.

Este párrafo puede ser igual de válido para la vida personal (con vidas excesivamente ordenadas y costumbres que mantener por el qué dirán) como para la vida política, en las que se controla lo que se hace y lo que no por el paradigma del deber y la amenaza del caos.

Siendo ambos polos negativos, el equilibrio hay que buscarlo en la consciencia crítica, en la atención consciente. El darse cuenta de cuándo uno está escorándose hacia uno u otro extremo. En la práctica meditativa, si uno es de naturaleza impulsiva, necesitará ejercitar el control y la responsabilidad para mantener el hábito de la meditación. Pero si uno tiende al perfeccionismo tendrá que ejercitarse en “dejarse ir“.

Ese equilibrio está dentro de cada uno y ningún maestro externo podrá dar pautas definitivas ni definitorias para el camino individual. Sólo la atención y el autoconocimiento de cada uno podrá decidir en qué momento tiene que tirar un poquito más de voluntad y en qué otro tiene que fiarse más de sus emociones.

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