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¿Os habéis dado cuenta de cómo os presentáis o de cómo os presentan ante una persona que acabáis de conocer? Observa brevemente ese ritual humano de conocer por primera vez a alguien. Es fascinante.

Lo más probable es que en las primeras frases aparezcan aspectos que mencionen la actividad que desempeñáis, o la empresa para la que lo hacéis (“ese es el director de…” “trabajo en la empresa…”). También pueden aparecer los vínculos que os unen al resto de integrantes del grupo (“es el padre de…” “es la pareja de…”). Y desde luego que pueden aparecer menciones a nuestras aficiones (“es un apasionado de…”)

Nuestra identidad parece orbitar de manera habitual entre lo que hacemos y lo que tenemos, hasta el punto que los estudios que hemos cursado se convierten en una parte fundamental de nuestra biografía. Sólo tienes que cotillear algunos perfiles en las redes sociales (¡en mi propio blog!) para ver hasta qué punto lo que hacemos influye en nuestra personalidad.

Desde el punto de vista psicológico, un componente importante para construir nuestra identidad personal es nuestra memoria biográfica: construimos de manera continua un relato en el que somos siempre el protagonista. Y los relatos están basados en acciones: suceden cosas y nosotros, como actores de esas cosas, vamos adoptando una determinada identidad.  Yo soy la persona que ayer comió pasta para almorzar.

Pero yo soy más que la suma de mis acciones, ¿verdad? En el caso en que no hiciera nada, seguiría siendo yo. Mi identidad no depende de las acciones que realizo. Mi identidad se ve influida por esas acciones, pero no depende de ellas. Decida o no comer pasta, yo sigo siendo. La conciencia de ser está presente en ti, independientemente de las acciones que realices.

Imagina que trazamos una linea que va del ser al hacer. Estamos continuamente haciendo cosas. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Es lo que nos convierte en un miembro productivo de la sociedad (fíjate, por cierto, en las connotaciones de las palabras que usamos a diario). Nos situamos sin darnos cuenta en el extremo del hacer. Te levantas, vas a trabajar o al colegio, después a casa, a actividades de ocio, hacer cenas, limpiar, haces planes para el fin de semana (¡haces planes para hacer más cosas!).

 

Después de cierto tiempo en el extremo del hacer, es lógico que nuestro cerebro (plástico, adaptable), comience a interpretar que somos lo que hacemos. Eso es lo que define nuestro yo social. Eso es lo que hace que nuestra autoconfianza también esté tan ligada a las evaluaciones sobre lo que hacemos (soy un buen empleado, soy un buen padre, soy un buen estudiante).

Cuando decidimos sentarnos a meditar, en cierto modo estamos tratando de equilibrar esa construcción de identidad. Estamos descansando en la sensación sentida de lo que somos. Sin necesidad de hacer nada. No tienes que esforzarte en ser, igual que no tienes que esforzarte en ver. Sólo abres los ojos. Sentarse a percibir la respiración nos conecta con nuestra esencia.

Tú eres.

 

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